mayo 17, 2024
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El rey Carlos III en contra de la arquitectura contemporánea

De los dardos del nuevo monarca contra la arquitectura contemporánea no se han librado ni prestigiosos premios Pritzker como Jean Nouvel y Richard Rogers. Estos son los edificios que se han puesto en el punto de mira del rey Carlos III.

uk-national-galleryUna de las virtudes de la reina Isabel II de Inglaterra que todas las crónicas han destacado estos días tras su fallecimiento es la estricta neutralidad que adoptó como monarca frente a cualquier cuestión, por peliaguda que fuera. Incluso en un tema tan vital para el futuro del Reino Unido y de la propia corona como el referéndum sobre la independencia de Escocia que se celebró en 2014, la soberana se limitó a señalar que esperaba que “los escoceses votaran lo que más les convenía”. Nadie duda de lo que ella pensaba al respecto, pero a través de sus palabras la corona británica mostró una equidistancia intachable.

Seguramente el hecho de que se destaque especialmente este aspecto del reinado de Isabel II va con segundas en relación con el nuevo monarca, su hijo Carlos III de Inglaterra. Y es que el primogénito de la reina no se ha caracterizado precisamente por su discreción a la hora de opinar sobre determinadas cuestiones, llegando incluso a inmiscuirse haciendo valer su influencia como miembro de la familia real.

La arquitectura y el urbanismo contemporáneos ha sido uno de los temas en los que más se ha entrometido Carlos de Inglaterra. Abanderado de una visión arquitectónica que muchos han calificado de nostálgica y desfasada, en el pasado han sido conocidas sus diatribas públicas contra los arquitectos que a su parecer afean Londres y otras ciudades británicas con edificios high tech cada vez más altos y agresivos que ensombrecen monumentos como la catedral de San Pablo y la Torre de Londres.

 

Una ojeriza contra la arquitectura moderna que viene de lejos

Biblioteca-Central-de-Birmingham

La particular cruzada del nuevo monarca contra la arquitectura moderna se remonta a mediados de los años setenta, cuando al conocer el proyecto de la Biblioteca Central de Birmimgham, diseñada en 1974 por John Madin en estilo brutalista, dijo del edificio que le parecía “un lugar para incinerar libros, no para conservarlos”.

La Biblioteca Central de Birmingham, de John Madin (1974), uno de los primeros proyectos de arquitectura moderna que Carlos de Inglaterra criticó.

Diez años después, cuando se conoció el proyecto de ampliación de la Galería Nacional de Londres en Trafalgar Square, obra de Robert Venturi, Denise Scott Brown y Barry Edward –culminado en 1991–, el entonces príncipe de Gales lo calificó de “un carbunclo monstruoso en el rostro de un amigo muy querido y elegante”. En el mismo acto en el que pronunció esa frase –conocido como carbuncle speech– añadió: “¿Por qué todo tiene que ser vertical, plano y inflexible o ángulos rectos?”. A raíz de ese discurso, la revista de arquitectura Building Magazine instituyó los “Premios Carbunclo” para designar cada año el edificio más feo del Reino Unido.

 

Richard Rogers y Jean Nouvel, en el punto de mira de Carlos III

Pero si con alguien del gremio de los arquitectos contemporáneos se ha cebado particularmente Carlos de Inglaterra es con sir Richard Rogers, el afamado premio Pritzker fallecido en diciembre de 2021. Hasta el punto de que sus opiniones e intervenciones fueron determinantes para hacer fracasar tres de los proyectos de Rogers en la capital británica: la remodelación de Paternoster Square y de la Royal Opera House, y un complejo de viviendas en Chelsea Barracks.

En este último caso, el recién coronado rey no se limitó a airear sus opiniones, sino que incluso llegó a enviar una carta al Emir de Qatar, cuyo fondo de inversión promovía el proyecto, explicándole su oposición al plan porque “destrozaba el entorno”. Como alternativa propuso un diseño de Quinlan & Francis Terry que replicaba el estilo neoclásico del Hospital Real de Christopher Wren, de finales del siglo XVII, ubicado enfrente. Cabe decir que muchos vecinos de la zona también mostraron su oposición al proyecto de Richard Rogers.

El caso es que varias semanas después, la familia qatarí anunció que paralizaba el proyecto, privando a Richard Rogers del desarrollo del proyecto inmobiliario más emblemático del momento en Londres (2009) y provocándole un cabreo monumental, hasta el punto de afirmar que el entonces príncipe se había extralimitado en sus funciones constitucionales. Una crítica que compartieron muchos colegas suyos –entre ellos, primeros espadas como Jacques Herzog, Norman Foster, Zaha Hadid, Renzo Piano y Frank Gehry–, así como el propio colegio de arquitectos británicos (RIBA).

A raíz de este caso se conoció que los impulsores de otros importantes proyectos urbanísticos en Londres, como la central energética de Battersea y la remodelación del área de King’s Cross, consultaban regularmente sus planes con el príncipe de Gales para evitar que este se inmiscuyera y perjudicara los respectivos desarrollos con sus intervenciones.

El edificio 20 Fenchurch street en Londres, de Rafael Viñoly, conocido popularmente como Walkie Talkie, fue otro de los objetos de la crítica de Carlos de Inglaterra, pero en este caso hubo unanimidad en considerarlo un adefesio, hasta el punto de que en 2015 recibió el Premio Carbunclo al edificio más feo del Reino Unido.

Otro premio Pritzker que sufrió las interferencias de Carlos de Inglaterra fue Jean Nouvel, en concreto con su proyecto One New Change, un edificio comercial en las inmediaciones de la catedral de San Pablo. En 2005 el heredero del trono británico envió otra carta a la promotora Land Securities quejándose de la elección del arquitecto francés. Según el entonces director de la promotora, Mike Hussey, el príncipe de Gales ni siquiera había examinado el proyecto de Jean Nouvel; simplemente lo tachó de excesivamente “modernista”, y sugirió que los impulsores del proyecto conocieran las propuestas de los arquitectos preferidos de Carlos. Sin embargo, en este caso sus críticas no lograron detener el proyecto y este finalmente concluyó en 2010.

No sabemos si la vehemencia del nuevo rey sobre este y otros temas se habrá atemperado con el tiempo o con la nueva responsabilidad adquirida, pero para muchos en Gran Bretaña esa será una de las claves que aseguren la continuidad del prestigio de la corona británica que tan bien cultivó la reina Isabel II.

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